domingo, 10 de julio de 2011

CUENTOS CORTOS # 8


EL PALOMAR DEL PRÍNCIPE

¿Príncipe, quién será Pedro de la Peña?, dijo Priscila. ¡Vaya el diablo a saberlo!, le respondí. ¡Oigan! ¡Esta es la firma de Simón Bolívar!, afirmó el señor Epilépti­co. El basurero movió afirmati­vamente la cabeza. (Era mudo). Aquí dice clarito: Tomás Cipriano de Mosquera, recalcó el señor Epiléptico. Y esta es la firma del Marqués de Torretagle, dije finalmente, recogiendo todos los papeles que estába­mos mirando en mi destartalado escrito­rio. Esto nos va a producir unos centavi­tos, pero no los podremos vender en el mercado de las pulgas. Esto es de echarle mucha cabeza.
Yo tenía mi buhardilla o zaquizamí en la Calle del Palomar del Príncipe, en el antiguo Barrio de la Candelaria del viejo Santafé de Bogotá, y aparte de dos o tres familias sobrevivientes de la desbandada que comenzó a finales de la década de los años treinta, no había sino raponeros y prostitutas en estos tiempos de Dios, cuando por una resolu­ción oficial y por un peculado que cometí, quedé relegado a la postración de una vida sin más recur­sos que una propia e ingenua manera de tumbar al prójimo: el hurto simple, sin violencia. Mi puesto oficial, de buró­crata irrefle­xivo y bestial, me había forjado una moral ancha, dúctil (que puede alargar­se, estirarse y adelgazar­se, como lo hacen los Nule y otros), camaleona­da (que cambia fácilmente de color), apenas propia para desarrollar embustes, tropelías, timos y atropellos, cometidos bajo el suave y aterciopelado encanta­miento de ese hurto simple, sin violen­cia.
Un vasto conocimiento de las chapas de los carros, de las llaves, de las alarmas y seguros, nos hacía expertos junto con mis amigos, para abrirlos en forma crono­métrica, y así poder sustraer el robo sin violencia alguna, con una precisión de reloj suizo. El despojo lo podíamos deposi­tar en cualquier casa del barrio, para lo cual había un acuerdo previo, con el fin de hacer el ocultamiento oportuno. Uno timbraba y alguien salía a guardar el despojo mientras nosotros volvíamos por él, cuando hubiera la seguridad para hacerlo.
Esto comenzó en la década de los años sesenta, y a esta época inicial del siglo XXI, el récord de  hurtos ha llegado al 100%, excluida la zona del Palacio de Nariño y del Palacio de San Carlos, por obvias razones.
Mis amigos, el señor Epiléptico, el señor Basurero y Priscila, desayunaban diaria­mente, en la Aguadepanelería de Doña Juana, desde donde planeábamos lo que íbamos a hacer cada día, que eran todos los del año, ya que trabajábamos en los festivos ordinarios y los festi­vos Emi­liani, a pesar del sino burócrata mío, por razones de salud y sobreviven­cia. La actividad es el único remedio contra la enfermedad de la abulia, la inapetencia, el aburrimiento y la muerte por inani­ción.
Nuestras conversaciones, aparte de las que teníamos con relación al nego­cio, eran muy triviales, por haber determinado de consuno no hablar de política; del ejecutivo y el congreso, por tenerlos tan cerca, y de la guerri­lla y el narcotráfi­co, por tenerlos tan lejos.
¿Dónde vives tú, señor Epiléptico? Aquí arribita, en la  Calle de los Suspiros. Bueno, y ¿qué tal es esa calle?  El señor Epiléptico me miró con sus ojos experi­mentados, pues el terreno que él prefiere es el de la conversación plana. Cualquier otra conversación, puede responderla con los ojos, que es con un "Vaya a burlarse de su abuela", que no necesita respon­derla por la boca.
La Calle de los Suspiros, contestó, siempre conserva su prestancia colonial. Allí los transeúntes pasan serios. ¡Mal­dita calle!, apenas hubiera razón para quererla, si alguna vez a sus ventanas se asomaran unos ojos bellos; y que hubiera piropos; y que hubiera macetas de flores en los balcones; que tuviera un pordiose­ro distinguido; un hombre mudo pensante, o con tic elegan­tes y graciosos; unos camiones decentes y unos carros lujosos; un bar con alfom­bra y finos muebles, y no estos restau­rantes de pacotilla; y una gente bien vestida, hablando en conver­sación plana del día, del dólar, de política y eco­nomía; y que en el altozano de la igle­sia de La Candelaria, se reu­nieran las damas y los caballeros a conversar, y fuera prohibido pasar de largo, como lo hacen los peatones grises y tristes de ahora.
¿Sabe qué le quitaría yo a la calle? Inmediatamente, me interrogó el señor Epiléptico. El letrero ese que dice Calle de los Suspiros en grande y en chico, tome Mejoral. Claro que el letrerito tiene su sentido. Uno no puede burlarse de esa calle, porque inmediata­mente se asoma todo ese montón de gente que ha muerto allí. Parece que se le vinieran a uno los muros con el rostro de esa gente. Se encuentra uno borracho sin saber por qué, mirando hacia las paredes con espan­to, la frente sudorosa, la razón perdida y el corazón mísero y frío, desdoblado en el asfalto, allí precisamente, hacia la esquina de aquel letrero que dice lo que ya dije: Calle de los Suspiros en grande, y en chico, tome ese calmante de los diablos!
El señor basurero es otro cuento. Es el hombre mudo. Pero es el hombre más impor­tante en las comunicaciones de nuestro  negocio de hurto simple, sin violencia. Con él hemos pasado momentos inolvidables en la aguadepanelería, aprendiendo todo el cúmulo de expresio­nes mímicas que él ha desarrollado para comunicarse y contar sus cuentos.
Nosotros lo torturamos. Le decimos: Bueno, ¿cuéntanos donde naciste? El se emociona todo, extiende los brazos señalando a toda la rosa de los vientos, porque él no sabe donde nació. Describe un palo y un cajoncito, donde se la pasaba. De más grande, sube la palma de la mano, se sienta como en un pupi­tre, y luego nos muestra dos dedos: segundo de primaria. Hace que ora, para su primera comunión. Sube la palma de la mano más, para repre­sentar como corteja­ba a su primera novia. Se pone en cuatro patas y brinca como un brioso animal. No hemos podido sacarle al respecto nada más, porque inmediatamente se tira al suelo y se hace el muerto. Creemos, que la novia murió montando a caballo. No tuvieron chinos, nos cuenta simulando mecer uno en sus brazos. De padre y madre, mueve su dedo índice, diciendo ¡no! Posiblemente fué pelafusta­nillo, porque nos pinta una especie de gallada comandada por él haciendo de gallina con sus pollitos.
Priscila es una vieja de pañolón envuelta desde la cabeza, que va a misa de cinco a San Agustín, y después atien­de en la Aguadepanelería de Doña Juana. El sábado y el domingo, se pone su mejor traje: una sudadera roja que le destaca perfecta­mente toda la redondez de su barriga. Viuda y ya sin hijos, porque todos se fueron, es la que nos acompaña al mercado de las pulgas de la Carrera Tercera con diez y nueve, para vender los despojos y conseguir la lana con destino a la sub­sistencia. Se manda un verbo que a todos encanta, y tiene una garra y una desen­voltura para enredar al cliente en su negocio, que todas las semanas nos vende todo el producido en un santiamén, y lo poco que le queda, lo negocia con los mismos vendedores pul­gueros.
La maleta del cuento era rectangu­lar, azul y bordes redondos en blanco, con sus herrajes dorados. Allí, la biznieta de Pedro de la Peña, había depositado la hoja de servicios de este Teniente Coro­nel de los Ejércitos de Colombia, asig­nado al batallón Junín. En ese tiempo, mediados de la década de los años sesen­ta, el Personero de Sopó, la había invi­tado a ver en la Biblioteca Luís Ángel Arango, en el Barrio de La Candelaria, la exposición de los Ángeles de la Iglesia de Sopó, restaurados por un conocido pintor.
Eran once los ángeles que habían permane­cido desde la Colonia en la nave central de la Iglesia, hasta que por el tiempo, se fueron oscureciendo de tal forma que era casi imposible verlos. Se le atri­buían a los pintores coloniales: a los dos Figueroas o talvez a Bernabé de Posadas o al taller de Zurbarán, que aún no se sabe, ni tampoco el día preci­so en que se avecindaron en aquella Iglesia. Lo cierto es que la apertura de la exposi­ción representaba toda una sorpresa para aquellos feligreses, que como la biznieta de Pedro de la Peña, nunca habían podido apreciarlos en vida, tal como eran.
Y los ángeles resultaron una belle­za. Eran hombres, pero no con cara de boxea­dores o de gladiadores, porque cuando es muy viril la referencia al ángel, se pierde lo angélico. Nos venían del barro­co colonial, bien parados en la tierra, con vestidos de telas sueltas y encajes, que dejaban ver parte de las piernas, exhibiendo una feminidad un tanto equí­voca.
Estuve con el señor Epiléptico en la exposición, mientras el hombre mudo hacía el trabajo en una camioneta Chevrolet, del año cincuenta y cinco, con chapas muy fáciles de abrir y sin ningu­na alarma. El chofer que llevaba a la biznieta de don Pedro de la Peña, pidió permiso de ver los ángeles, y esto fué lo que nos permi­tió tener éxito en nuestra empresa.
Mire el ángel custodio, le dije al señor Epiléptico. El ángel está con la figura de un niño. Mire a Uriel. Mire a Gabriel. En fin, hicimos una apuesta de mirarlos todos a ver si coincidíamos en el mejor. La verdad, teníamos el mismo gusto. Pero nos gustaba ponerlo a prue­ba. Sí, fué Rafael, "medicina de Dios", el grande arcángel de la biblia, guía y maestro del joven Tobías, como decía el catálogo de la exposición, el que más nos gustó. El claroscuro se utilizaba con notoria maestría, sobre todo en el pez que soste­nía con la mano derecha, los encajes, las calzas, el lampo o fogonazo de luz sobre las alas, le daban un atractivo indudable.
Nos estamos volviendo maricas, me dijo el señor Epiléptico cuando salía­mos, cuida­dosamente vigilantes de todos lo movi­mientos que hacía la biznieta de Pedro de la Peña, y su muy, pero muy culto chofer, (en realidad ni tanto, que no hubo pobla­dor de Sopó que no fuera a curar su curiosidad). De allí salimos por la maleta y la llevamos a mi zaqui­zamí.
La apertura, como la de ciertos despojos, la hacíamos con el transistor prendido a todo volumen y con una bote­llita de aguardiente. ¡Claro! Qué emoción nos embargaba aquella vez. Hasta que llegamos al descubrimiento de la hoja de servicios del Teniente Coronel. ¡Unos papeles vie­jos de 180 años! ¡Eso no sirve para nada!, gritó el señor Epilép­tico. ¡Un momento! exclamé, casi en un éxtasis: ¡Miren! ¡Miren! ¡La firma de Simón Bolívar! ¡Nos salvamos!
Desde la buhardilla vimos pasar la camioneta de la biznieta del teniente. Nos quedó un dejo de tristeza. Una lágrima vimos caer de sus ojos. Había intentado preguntar a los peatones. No existía ningún policía, y si lo hubiera habido, nada hubiera podido hacer contra nuestro sistema de hurto simple, sin violencia. Salimos a verla de cerca. ¡Mírela!, dijo el basurero con señas.
Un suspiro, una oración rezada casi con ira y una advocación: ¡Virgen del Carmen, ayúdame!, fué la estela que dejó en el aire al pasar por La Calle de los Suspi­ros, para luego perderse por La Calle del Palomar del Príncipe.

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